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Es tiempo de que deje de haber ropa tendida. Termina la COP 27 en Sharm El-Sheikh

Estas últimas dos semanas se ha celebrado en Egipto la vigésimo séptima Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, conocida también como COP 27, la cual reúne a los estados con el fin de emprender acciones que lleven a lograr los objetivos climáticos colectivos adoptados en el Acuerdo y Convención de París. Si bien la celebración per se de esta conferencia es controvertida cada año dada la dificultad de adoptar acuerdos sustanciales y la no consecución completa de los objetivos fijados entre una conferencia y la siguiente, este año el debate agrega un elemento adicional: el escenario de la representación es una ciudad-resort a orillas del mar rojo en un país donde se encarcela a activistas por sus discursos pro derechos humanos y en línea con el desarrollo sostenible, algunos de ellos similares a los que se han planteado estos días en Sharm El-Sheikh.


El formato actual que toman las COP, además de reunir a los Estados mediante representantes de los distintos gobiernos, congrega también a delegadas y delegados de organizaciones internacionales, empresas, tercer sector y sociedad civil de todo el mundo en un enclave presencial, lo cual implica un elevadísimo número de desplazamientos en un espacio de tiempo reducido. Además, aunque en volumen es una cantidad residual, no todos los viajes son en vuelo comercial, pues hay quienes con una buena dosis de incoherencia en la mochila llegan a la COP en jet privado a abogar por iniciativas, entre ellas reducir las emisiones de CO2. Al respecto, la activista Greta Thunberg llevó a cabo una acción reivindicativa en 2019 cuando llegó en barco a la COP 25, la COP de Chile que se celebró en Madrid, tras una travesía de 21 días navegando por el Atlántico. Y es que, ¿consideramos aceptable realizar desplazamientos de personas de todo el globo hasta una sola ciudad para debatir sobre cómo ser más sostenibles?


Más allá del impacto ambiental de los desplazamientos y del debate sobre si el modelo de gran conferencia anual es el mejor formato posible, otro tema a poner sobre la mesa es la inversión que supone para los participantes y las organizaciones formar parte del evento. Si hablamos de participantes de la sociedad civil y el tercer sector, generalmente los costes del transporte, del alojamiento y de la manutención los días de la conferencia suelen estar disparados, lo que provoca dificultad de acceso para muchos actores, aunque cabe mencionar que algunas organizaciones ofrecen ayudas para así favorecer la representatividad de ciertos colectivos. Por otro lado, en cuanto a la presencia de organizaciones en los pabellones del evento, es relevante saber que los precios del metro cuadrado, del mobiliario, de los servicios y del equipamiento son exorbitados, lo que implica por un lado que las organizaciones que se lo pueden permitir, destinen una parte considerable de su presupuesto a tener un lugar en el evento -en ocasiones utilizando fondos concebidos para proyectos de acción climática en este tipo de iniciativas únicamente de divulgación-, y que, por otro lado, haya un sesgo económico en el acceso al espacio en la propia conferencia y por tanto, en la agenda climática.


Siguiendo en la línea de los actores relevantes para la acción climática, quién sí que ha estado y muy presente en la COP 27 ha sido uno de sus patrocinadores: Coca-Cola. Nadie duda a estas alturas del poder de los lobbies y de la importancia estratégica de su relación con las instituciones responsables de la toma de decisiones. Pero, ¿y si un palco VIP en la COP se pudiese comprar sea cual fuese tu compromiso con el planeta? Esto no es una hipótesis, sino la magistral estrategia ejecutada en la conferencia climática por el mayor contaminador mundial de plásticos, la empresa de refrescos. ¿Es que nadie desde la organización se pregunta cómo se puede llegar a cambiar el statu quo si cualquier agente con suficientes recursos económicos puede acceder a esa posición de influencia?


Finalmente y aunque el debate podría perfectamente seguir, esta COP es especialmente polémica por haberse celebrado en Sharm El-Sheikh, una ciudad llena de resorts alejada de Tahrir desde cuyos balcones no se ven las realidades económicas y sociales del Egipto contemporáneo ni se contemplan las inhumanas condiciones y la falta de garantías que los presos políticos viven entre rejas. Al respecto, la escritora Naomi Klein nos invita a reflexionar sobre la congruencia de celebrar “la cumbre climática carcelaria de Egipto”, pues poner el foco en cuidar el planeta no debería cegarnos en la exigencia del respeto a los derechos fundamentales. ¿Es por tanto coherente celebrar grandes eventos internacionales en países que vulneran los derechos humanos? ¿Podemos aceptar la COP en Egipto, El mundial en Qatar o Eurovisión en Israel? En palabras de la egipcia Nawal El Saadawi, quien tristemente conoció bien las cárceles de su país, “nada es más peligroso que la verdad en un mundo que miente”.

En definitiva, mientras en Europa se pone el foco en la criminalización de activistas que exigen desde los museos acción climática real, termina la COP 27 y tras ella se mantiene el statu quo. Algunos dirán que ojalá el greenwashing y la indiferencia ante el lavado de cara de un régimen que no respeta los derechos humanos hayan sido el sacrificio a pagar por un acuerdo a la altura de las circunstancias del planeta y unos compromisos que no sean tibios. Pero nosotras decimos que cabe ser críticos con los hechos consumados y afrontar los debates que tanto urgen sobre acción climática y en coherencia con los derechos humanos. No camuflemos la inacción, no dobleguemos la Declaración Universal del 48, solo esto hará que efectivamente avancemos hacia el desarrollo sostenible. Es tiempo de que deje de haber ropa tendida.